Atrás quedaron aquellos tiempos en los que la Media Maratón de Granada se convertía en una referencia de la temporada. Y aunque no descarto que esos tiempos puedan volver, (el tiempo es siempre una espiral impredecible) en los últimos años esta prueba se ha convertido para mí más en un reto que en otra cosa.
Agujereado por lesiones, probablemente derivadas de la participación en pruebas de alta dureza, últimamente participar en esta prueba se convierte en una incógnita.
Pero he de admitir que hoy estoy satisfecho de mi participación en la prueba granadina.
Satisfecho porque cuando meses atrás casi estás escribiendo el testamento de corredor y prácticamente colgando las zapatillas, acabar una media maratón se convierte en motivo de satisfacción.
Satisfecho, además, porque hace unos días, una vez comprobado el estado físico y el inmenso vacío que me producía hacer 18 kilómetros, vaticinaba que sería difícil detener el crono en 1 hora y 40 minutos y lo elevaba a 1 hora 45. Sin embargo, éste ha quedado detenido en 1 y 41 minutos y unos cuantos segundos, por lo que presumo que no estaba tan mal de forma física pos lesión, aunque sí adolecía de una enorme falta de entrenamiento y acumulación de kilómetros.
Y esa falta de kilómetros era muy detectable a lo largo y ancho de la ruta por las calles de Granada y así lo comentaba con Gregorio, con el que hoy he hecho pareja desde el principio hasta el final. Probablemente la mayor distancia entre nosotros a lo largo de la carrera no ha excedido de los cinco metros, que estando en similares condiciones lo mejor para ambos era buscar mutuas referencias, que siempre son necesarias para planificar la carrera más regularmente. Decir que he experimentado horribles sensaciones a lo largo de los 21 kilómetros sería exagerado, pero es cierto que no he sentido excelentes sensaciones en ningún momento. De hecho, percibía en exceso la falta de kilómetros y los muchos meses sin hacer una distancia parecida a ésta. Y es que en realidad, somos lo que entrenamos en buena parte.
Sin embargo, todas estas reflexiones quedan en un segundo plano, porque si bien el año pasado, haciendo un tiempo similar al de este año, me sentía enfadado y con ganas de abandonar las pruebas de competición, este año mi opinión es totalmente distinta: vuelvo a sentirme corredor. Uno podrá venir de hacer maratones, medias maratones de montaña y demás pruebas que exigen un buen estado de forma y un buen nivel de entrenamiento, pero te descuidas unos meses, caes en una lesión, dejas de entrenar, y en brevísimo tiempo puedes retornar a los infiernos y sentir cómo todo lo hecho ha servido de poco. Lo digo siempre: correr siempre es menor de edad.
Por eso decía que poder acabar esta prueba por debajo de 1:45 para mí ha supuesto un renacimiento.
Como renacimiento es para cada uno de los corredores. En el vestuario escuchaba a un corredor decir eufórico que por fin había bajado de la 1:50 y un compañero del club estaba muy satisfecho por bajar de las dos 2 horas.
Corremos y amontonamos pasiones y anhelos, que normalmente pasan desapercibidos para las personas que se cruzan cada día en la calle con nosotros pero no tanto para quienes tenemos cerca. Porque correr no se limita al mero hecho de hacerlo, sino que arremolina todo un cúmulo de sensaciones, sentimientos y, en muchos casos, formas de vida. De ahí que cada vez respete más al corredor aficionado (que el término popular no me gusta utilizar).
Estamos en el mes de diciembre y desde octubre me estoy reencontrando con los caminos. Por eso, la prueba de hoy, lejos de convertirse en rutinaria, la he sentido con la misma ilusión con la que asumí la primera que hice en octubre de 2006.