Volvemos a escribir para el Proyecto Florens. Un artículo que ha costado "parir", tal y como le contaba por correo electrónico a mi Alter Ego, Jesús Lens, la otra pata del proyecto. Se trata de un artículo ansiado (esa podría ser la mejor expresión), al mismo tiempo que temido. Tal vez, por tratarse de un tema que me ocupó muchos años y quería trasladar esas sensaciones, al tiempo que prosar acerca de los porteros (nunca me gustó el término guardameta) admirados, tanto por sus cualidades deportivas como humanas. De todo ello ha surgido este artículo . Así que os dejo con la nueva entrada del PROYECTO FLORENS, que cada día nos ilusiona más.
Cuando leí “El miedo del portero al penalti” del escritor austriaco Peter Handke, descubrí lo que apenas había intuido años atrás: el portero de fútbol, la persona, el ser que se coloca entre los tres palos, es un ser algo esquizoide; o al menos, por lo pronto, y al margen de hacer otro tipo de aseveraciones o averiguaciones, es un ser algo raro.


Durante mucho tiempo fui portero. La portería era el núcleo de mi existencia. Por tanto, he de suponer que no era un tipo normal, tal y como posteriormente me acabó de aclarar Handke. Por aquel entonces ya leía algún que otro libro de filosofía y creo recordar que el andrajoso protagonista del “Así habló Zaratrusta” de Friedrich Nietzsche ya se confundía en el plano excéntrico con aquél –que era yo- que en determinados partidos se preguntaba que qué hacia allí entre los tres palos en aquellas frías noches de invierno en la soledad de la portería, la que estaba más cerca al cementerio en las instalaciones deportivas de Pinos Puente. Claro, en aquel momento yo lo ignoraba, pero la decisión inquebrantable de ser portero ya formaba parte de una determinada predisposición genética a contemplar el mundo de otra manera.
Por aquel entonces admiraba a enormes porteros, unos históricos y otros en activo. Pero creo que mi admiración hacia ellos no consistía tan sólo en su innegable habilidad para dominar los siete metros de largo por dos cuarenta de alto de aquel espacio imaginario, sino porque ya sospechaba que detrás de aquella imagen se escondía una personalidad distinta al defensa o al delantero, por poner un par de ejemplos. En consecuencia, sentí verdadera fascinación por Luís Arconada -el mejor, el más grande-, por su particular forma de ver el fútbol, de despejar el balón, de “volar” entre los tres palos. Por su predisposición ante la vida, esa suerte de gesto austero rodeado de una aureola de potencia deportiva, de espectacularidad, de esa especie de unión indeleble entre su agilidad felina y austera seriedad. Si bien, ahora comprendo que la admiración que yo profesaba por el portero vasco era más honda. De hecho, el tiempo me dio la razón, ya que después de su caída en desgracia –injusta caída en desgracia, con tan sólo un error de bulto, que pareciera que hasta sus rivales franceses se sintieran culpables, tal era el respeto que inspiraba - tras su fallo garrafal en la final de la Eurocopa de 1984 ante Francia, casi desapareció de las escena futbolística, sin que a día de hoy nadie sepa nada de él, de aquel portero que había sido el mejor del mundo en su momento, sin haberse despegado jamás de su País Vasco natal y de la Real Sociedad, un ser extraordinario que provocó exclamaciones de admiración de afamados gurús del balompié, como la de aquel seleccionador de Inglaterra que fiel a la flema inglesa se preguntaba si aquel portero español percibía el balón con mayor tamaño que el resto de los mortales.


Coetáneos al portero vasco – en distintos intervalos de tiempo- también fueron Urruticoechea –el malogrado Urruti-, o Miguel Ángel o Lopetegui o Buyo o Artola, por poner sólo unos ejemplos. Y todos fueron seres muy especiales, muy distintos. Miguel Ángel era un tipo bajito con bigote que jugaba en el Madrid y había sido internacional con la selección. Por sus características físicas, podría representar perfectamente la imagen de un señor hispano en cuanto a su aspecto. Pero aquella parada milagrosa, propia de seres privilegiados, ante Austria, en una fase de clasificación de un mundial, creo recordar, le elevó a la categoría de ser extraordinario en mi imaginación y fue penetrando en el inconsciente colectivo de infinidad de españoles. Recuerdo nítidamente que por aquel entonces me encontraba con mi colegio en viaje de estudios en la impresionante e impresionable ciudad de Madrid, una enorme urbe para los ojos de un niño de provincias, repleta de avenidas, coches y luces y que tan mediatizada teníamos – y tenemos – los españoles, dándose la circunstancia casual de pernoctar en una especie de residencia estudiantil regentada por unas monjas en la calle Concha Espina, a unos pasos del Santiago Bernabeu, de manera que desde las ventanas de las habitaciones percibía los enormes y potentes focos del estadio, produciéndome una emoción casi irrefrenable pensar que a escasos metros se encontraba entre tres palos aquel ser extraordinario que había llegado a lo más alto de la portería nacional contando con apenas un metro setenta y algo de estatura y aspecto de gañán. Pero no era la fascinación común y ordinaria de un crío por uno de sus ídolos, no, sino que sentía esa fascinación matizada por una especie de intelectualidad filosófica, preguntándome cómo aquel individuo con aquel bigote casi proletario y esa planta bajita podría ser quien era. O el destacado caso de Buyo. Un muchacho gallego, que ya desde su edad juvenil estaba llamado a taponar las porterías más míticas del fútbol español. Un portero que puso en jaque a muchos de sus colegas por su comportamiento en el campo nada pacato. O el caso de Artola, un portero tristón, desgarbado, dotado de un instinto muy vasco de la portería y que siempre lo imaginé como un ser gris y un tanto amargado, hasta que en alguna ocasión, siendo muy niño, le vi actuar en vivo defendiendo la portería del Barcelona y comprendí que se trataba del tipo de deportista que dotado con un gran talento sabía hacer fácil y casi vulgar lo enormemente difícil.


Con el paso del tiempo, se fue confirmando mi teoría acerca de la personalidad que escondían aquellos tipos, espécimenes raros dentro de la amorfa configuración de los equipos de fútbol. Llegaron pronto los casos de Higuita, aquel portero de la selección colombiana, que jugó algunas temporadas en el Valladolid, con pinta de guerrillero de las FARC, y que con similar habilidad detenía balones con las manos que los despejaba con la pierna o con la cabeza, mostrando a los taimados porteros españoles que un ser puede ejercer más de loco que de portero, sin que por ese motivo deje de ser admirado o seleccionado por su país de origen y todo ello sin perder un ápice de calidad.



Posteriormente vinieron otros muchos porteros, con características diferenciadas, pero con matices igualmente deslumbrantes. Hasta que por fin, a raíz de los Mundiales de España en 1982 apareció un portero de raza negra que desposeyó a los más puristas de toda lógica. Para colmo aquel portero negro, venía de un país africano, totalmente desconocido, denominado Camerún. N’kono, que así se llamaba aquel portero, jugó con su país en el mundial de España y al poco tiempo fue fichado por el Español de Barcelona, y marcó una época en la portería española. Sus modales sobrios se alejaban enormemente de la espectacularidad de Arconada o el histrionismo del mismo Higuita o del uruguayo Chilavert o de la elegante plasticidad de Urruti. De hecho su habilidad para coger el balón de fútbol con una mano hizo mis delicias y practiqué lo suyo para imitarle.
Por tanto, todo ese cambio de formas de ver la vida y la portería hizo que me replanteará algunos conceptos estancos acerca de la fascinante personalidad de la figura del portero. Fuente inagotable que me provoca, que a día de hoy, si bien ya alejado del fútbol, aún siga de cerca la irrupción de los mismos en el panorama futbolero. De hecho, siempre estuve convencido que el portero nace más que se hace. Y de eso da fe la vocación arquera de Cañete - Cañizares -, un ser entregado a la portería, hasta el punto de adaptar su imagen, el color de su pelo, a las distintas etapas evolutivas del portero, y que en puridad no se ha merecido ese final tan humillante, al parecer, reservado sólamente para los puros, en el deporte y en la vida. Y sin embargo, otros porteros que triunfaron de manera destacada, como es el caso del catalán Busquet, supieron buscar su oportunidad, sin contar con grandes cualidades, gracias a que en algún momento, algún entrenador - caso de Cruyff-, considera que la táctica del F.C. Barcelona necesita desligarse de un portero torpe con las piernas y estático en la portería -como fue el caso de su antecesor, Andoni Zubizarreta- para optar por un portero no tan dotado bajo los palos pero espectácularmente habilidoso con las piernas y sin miedo a perder de vista la portería, algo que hace las delicias de sus defensas más dados a jugar en los alrededores del centro de campo.
Pasaron los años y en la edad adulta seguí jugando de portero, ya sin las presiones de la competición o sin la preocupación de que fuera un asunto nuclear en mi existencia. Pero, sin embargo, con los mismos síntomas y elementos conformadores de la personalidad, hasta el punto de caer en la cuenta que con la portería se carga de por vida, algo que comprendí, años más tarde, una noche cerrada y lluviosa jugando con mi peña de fútbol. El equipo contrario no llegaba a puerta ni por casualidad y fueron muchos los minutos en los que me encontré en soledad, volviendo areproducir la estampa de aquel muchacho que soñaba con sus ídolos mientras leía a Zaratrusta.

Así que el otro día tomaba unas cervezas con Emilio, conocedor del deporte rey como pocos, y le comenté la intención de hacer este artículo. Hablamos de porteros pasados, presentes y futuros, y concluimos que, efectivamente, son tipos especiales.
Tipos que pertenecen al universo futbolero, pero que al mismo tiempo se dedican a otras cosas totalmente distintas. Y hablamos de la afición heavy del “mono” Burgos, del caso Almunia, portero nacido en España, muy desconocido en su propio país y que podría ser pronto el portero de la selección inglesa si opta a la nacionalidad británica o el caso de actual portero titular del At. de Madrid el italiano Christian Abbiati, un portero sobrio, exento de espectacularidad, que al margen del fútbol es un tipo muy interesado en los libros. O los casos actuales del modesto Pinto, que ya en los últimos años de su desconocida carrera es llamado por todo un Barcelona para tapar el banquillo azulgrana; o el asunto Armando, portero que desde la suplencia del Cádiz, en segunda división, es igualmente llamado por un primera, el Bilbao, en esta ocasión para ocupar la titularidad de la que ha sido apartada momentáneamente por mor de un simio que endosó un botellazo en su ojo izquierdo en el campo del Betis. E igualmente me vinieron a la mente casos remotos como el del gran Dasaev, que desde la fría URSS aparcó en la portería sevillana, rodeado del calor de una afición que ante la incapacidad de pronunciar su nombre acabó endosándole otro muy andaluz: “Rafaé”. O el caso del teutón Toni Schumacher, subcampeón del mundo en dos ocasiones con Alemania, que después de haber sido un símbolo del fútbol alemán acabó sus días jugando en Turquía, tras unas más que polémicas declaraciones relacionadas con el dopaje en el fútbol alemán.


Y muchos casos más que se quedan en el tintero y que merecerían más un libro que un artículo. Fue entonces cuando le pregunté a mi amigo ¿Son los porteros unos bichos raros? “Eso lo sabes tú mejor que nadie”, me contestó.